Martes, 19 de julio del 2011
Comentarios de apertura
Las siguientes declaraciones fueron pronunciadas por el Arzobispo Chaput durante la Rueda de Prensa ofrecida por la Arquidiócesis de Filadelfia.
Buenos días y gracias por estar aquí. Tengo algunas declaraciones ya preparadas pues por la emoción de este momento podría extenderme mucho. Seré misericordiosamente breve.
En el año 2005, el Cardenal Rigali me pidió muy amablemente visitar Filadelfia y hablar con los sacerdotes de la Arquidiócesis. En mis comentarios, recuerdo usar una declaración del científico Niels Bohr, quien dijo que «la predicción es difícil - especialmente la del futuro». Hace seis años, pensé que fue una afirmación muy inteligente. Hoy me resulta inquietante.
Cuando me mudé de mi ministerio como Obispo en Dakota del Sur a la Arquidiócesis de Denver hace 14 años, me sentí como si hubiera pasado de tripular un hermoso velero a conducir un superpetrolero. Así es como me siento esta mañana. He pasado los últimos 23 años de mi vida como obispo en el Oeste. Los sacerdotes y la gente de Colorado y Dakota del Sur me han formado con su fe, su generosidad, su humor y su amor. Dejar un lugar es fácil. Pero dejar a la gente que me ha formado con su amistad, me ha abierto sus hogares, y que me ha acogido en sus alegrías y penas - eso es duro, muy duro. Todo lo que les puedo decir es gracias. Mi vida como sacerdote ha estado llena de bondad porque así la han hecho gente como ellos.
Las ruedas de prensa como ésta tienen una fórmula de humildad y gratitud que a veces luce como teatro. La buena noticia es que soy un mal actor. Lo que ven es lo que soy. Filadelfia es una de las grandes ciudades de Estados Unidos, rica en historia y logros, con una comunidad de fe católica extraordinaria que se remonta a santos como Juan Neumann y Catalina Drexel. Muchos de ustedes me harán esta pregunta, entonces me voy a adelantar respondiéndola. No sé por qué el Santo Padre me ha enviado aquí. Pero confío en su corazón, y creo en su juicio. Sé que otros obispos hubiesen sido más inteligentes que yo, o más talentosos o más conectados con el pasado de Filadelfia. Sé que el Cardenal Rigali es uno de los grandes clérigos de mi tiempo. Él ha servido a la Iglesia con enorme dedicación y de una manera que nunca seré capaz de duplicar.
Pero sí les prometo que ningún obispo amará más que yo a los fieles y a los sacerdotes de esta Iglesia local; ningún obispo se entregará más que yo; y ningún obispo se esforzará más por ayudar a las personas que han sido heridas por pecados del pasado, o trabajará más duro en fortalecer y animar a nuestros sacerdotes y renovar los corazones de nuestro pueblo.
Hay mucho que no sé cómo hacer. Pero con los años, un gran número de personas me ha enseñado a amar y liderar a través de la generosidad de su testimonio. Y todo lo que he aprendido, todo lo que sé y tengo, lo voy a dar a este ministerio, porque todos ustedes - el pueblo de Dios- se merecen por lo menos eso.
Quiero dar las gracias al Santo Padre y al Nuncio Apostólico, el Arzobispo Pietro Sambi, por su confianza en mí. Quiero dar las gracias al Cardenal Rigali, a mis hermanos obispos, a los sacerdotes que he conocido, a Donna Farrel y a todo el personal de la Arquidiócesis por su maravillosa y amable acogida. Y les pido a todos que oren por mí y esta gran Iglesia local que ahora compartimos. ¡Manos a la obra! Muchas gracias.
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